El camino a la Estiba se ha transformado en un símbolo del abandono y la falta de accesibilidad para cientos de familias que residen en la zona. Lo que debería ser una vía de conexión y desarrollo, hoy es una trampa de pozos, zanjas y cráteres que hacen prácticamente imposible el tránsito.
Ricardo Spillere, referente vecinal, puso voz al reclamo colectivo: “Esto ya no es un problema menor, es una situación caótica. El camino está totalmente intransitable. No se puede circular sin romper un vehículo”. La comparación con los cráteres de la Luna no es una exageración: es la imagen que mejor describe el deterioro de un tramo clave para la vida cotidiana de la comunidad.
La problemática no solo afecta a quienes viven allí, sino también a comerciantes, estudiantes, transportistas y trabajadores rurales. Los fletes evitan ingresar a la zona, los costos de transporte aumentan, los vehículos se rompen y el aislamiento crece. “Hoy un flete te cobra más porque no se anima a entrar. Sale más caro arreglar una cubierta que pagar el traslado”, explicó Spillere.
La situación se vuelve aún más crítica en días de lluvia, cuando el agua profundiza los canales y pozos, convirtiendo el camino en un riesgo permanente. Vecinos relatan escenas cotidianas de personas caminando con niños, estudiantes intentando llegar a clases, trabajadores rurales cruzando barro y zanjas para poder cumplir con sus tareas diarias.
A esto se suma el impacto social, educativo y productivo. Por el camino circulan estudiantes, trabajadores de la producción tabacalera, turistas religiosos, deportistas, ciclistas y familias que realizan sus mandados diarios. La zona, además, es considerada un punto de interés turístico por la presencia de sitios religiosos como la Virgen y la Piedra Pintada.
Los vecinos ya reunieron más de 300 firmas y continúan solicitando reuniones con las autoridades departamentales. El reclamo inmediato no apunta a una obra definitiva, sino a una solución básica de emergencia: el pasaje de una motoniveladora y un cilindro para nivelar el camino y permitir una circulación mínima y segura.
“Estamos hablando de solo 3,6 kilómetros. No son 20 ni 30 kilómetros. Con arreglar ese tramo se soluciona la vida diaria de cientos de familias, niños que van a la escuela, gente que va a trabajar y personas mayores que necesitan accesibilidad”, remarcó Spillere.
El mensaje de los vecinos es claro: no se trata de política, ni de enfrentamientos partidarios, sino de dignidad, derechos básicos y calidad de vida. “Esto no es por una minoría. Es el reclamo de una comunidad entera, de un centro poblado que necesita ser escuchado y atendido”.
La Estiba hoy no pide lujos, ni grandes promesas: pide caminos transitables, acceso, seguridad y condiciones mínimas para vivir, trabajar, estudiar y desarrollarse con dignidad.